Su retrato
-¿ Estas preparada? - Si, lo estoy, confía en mí. - No sé qué hacer, te estás jugando lo que queda de temporada y la siguiente. - Vamos, créeme, estoy totalmente preparada. Minuto 1 de la segunda parte. El marcador estaba totalmente igualado, 30 - 30. Las gradas hablaban por sí solas. Si en ese momento se hubiese tirado una aguja, mas de 10 personas se hubiesen pinchado. Salen los dos equipos dispuestos a luchar, a defender el escudo que llevan en la parte superior izquierda de su camiseta, dispuestos a dejarse la piel defendiendo un balón, dispuestos a sudar sangre por hacer un último esprín. Se respiran nervios en el ambiente, bueno, más que nervios es una especie de explosión de sentimientos, de emociones. El espíritu luchador sale por una parte, y el cansancio intenta combatirlo. Las ganas de callar bocas pelean por un lado, y el pesimismo de que jamás se aprecie todo el esfuerzo y sacrificio derrochado en cada partido, en cada entreno, pueden con las ganas de cualquier tema. El pito del árbitro suena, los nervios a flor de piel. Se reúnen los dos equipos formando una gran piña. El entrenador habla, y dice la alineación. Se empiezan a oír suspiros donde se puede diferenciar, las ganas del miedo. Primero, el equipo visitante, “La Rooooooca”, a continuación, ¡1, 2, 3 Amposta! Las caseras hacen oír su grito de guerra. Se chocan las manos, algunas se abrazan mientras se murmuran ánimos a la oreja. Motivación es lo que recorre por sus venas. - ¡Vamos, chicas, vamos! Porteras, a portería y las caseras, colocadas en defensa. Preparadas para demostrar, para pelear desde que pite el marcador -grita el entrenador. El marcador y el árbitro se ponen de acuerdo y continúa el partido. El público está ansioso por ver la reacción de ambos equipos después de la primera parte, sin olvidar que había estado en todo momento muy igualada. Pero la gente que había visto jugar a las chicas de casa en otros partidos sabían que ese no era el verdadero juego del equipo, que algo las cohibía. Primera defensa del partido. La extremo izquierdo roba balón, sale corriendo a contraatacar, la acompaña la lateral derecho, una chica de apariencia muy fuerte. En dos pases están en la línea de 6 metros. La lateral se eleva y... gol, uno arriba. Al bajar a la defensa se chocan las manos y se oye a la portera:$ “¡Vamos!”. El balón sigue en posesión del equipo visitante, la central marca la jugada 3, la pivot sale de su área entre seis y nueve metros a doce a recibir pelota, mientras bloquea a la central en un simple pase y consiguen descolocar a la defensa ampostina. Tras un duro lanzamiento a la escuadra, el marcador vuelve a empatar. Lamentos, después del simple fallo cometido por el equipo, pero también gritos de esperanza ya que no hacía nada más que empezar. El tiempo corre y, sin darse cuenta, ya llevaban 20 minutos de la segunda parte. Tiempo muerto pedido por el equipo visitante. En los 20 minutos no había variado mucho el marcador, pero en el minuto 17 el equipo ampostino arrasa y se marcan tres goles por delante. Las jugadoras respiran. En el equipo visitante se puede contemplar claramente la decepción, la poca fe en poder sacar el partido. No ocurre así en el banquillo de las jugadoras de casa, pues sus energías habían aumentado el doble con cada gol que marcaron para irse por encima de ellas. El árbitro vuelve a pitar el balón, que está en manos de las jugadoras de amarillo, es decir, del equipo que representa a Amposta. Preparan el ataque y empiezan moviendo lentamente el balón. La jugada empieza por un simple cruce entre el extremo zurdo y la lateral que juega en la posición opuesta, entonces la pelota llega a manos del central y, mientras la defensa se intenta recolocar el lateral izquierdo, ya está pisando la línea de 6 metros en suspensión. Lo que nadie se esperaba es que la extremo de aquel mismo lateral la cerrara de aquella manera, que cuando la lateral empezaba a saltar, notara una rodilla en su muslo... el impacto fue brutal, y la caída, totalmente antideportiva. Se paró el tiempo. ·El árbitro, tras unos segundos sin reaccionar, autorizó al entrenador y a la fisioterapeuta para entrar en pista. La gente de las gradas estaba de pie, atentos. La fisioterapeuta intentaba tranquilizarla, consolarla, pero sabía que algo no iba bien. El aspecto de aquella pierna era totalmente decepcionante. El entrenador, al verla, cogió el móvil y salió de la pista. Cuando casi estaba en el banquillo se oye `por los altavoces: “Una ambulancia, por favor, hay una niña con la pierna rota”. Las caras de las jugadoras y de la afición eran un poema. Dos padres bajaron de la grada para sacar en brazos a la jugadora de la pista. Cuando salieron del pabellón, la ambulancia ya estaba allí. En 10 minutos, la niña, con cara de sufrimiento, estaba en observación, y en una hora, estaba en quirófano. Los médicos informaron a sus padres que la caída había sido peor de lo que se imaginaban. Tenía la rotula de la pierna derecha sacada del sitio y, por lo tanto, los ligamentos,rotos, y ell tobillo de la pierna izquierda, estaba totalmente deshecho, así que le esperaban unas buenas horas de quirófano. Mientras le estaban haciendo las pruebas previas y necesarias para operarla, ella no se quitaba el partido de la cabeza. Cuando se la llevaron de la pista, no quedaban más de 10 minutos para el final e iban arriba en el marcador, pero cómo ¿cómo habrá acabado? Era la pregunta que rondaba en su cabeza cada dos minutos. Aunque lo cierto es que, mientras ella estaba casi a punto de ser intervenida, en el pabellón seguía habiendo un duelo. Los minutos y segundos seguían pasando y los goles seguían aumentando, aunque, en aquellos momentos, eso era lo que menos importancia tenía. Las lágrimas de los padres inundaban sus rostros. Minutos antes de que se la llevaran al quirófano, les dijo a sus padres que sentía el susto que les había dado, que los quería mucho y que no se preocuparan que estaba bien. Cinco horas después, la subieron a la habitación. La operación había sido complicada y ella estaba muy cansada del ajetreo que llevaba encima. Sus padres, al verla, no pudieron retener sus lágrimas. Su hija tenía un aspecto lamentable, pálida. Sus piernas estaban totalmente vendadas, aunque en la pierna derecha la venda llegaba sólo hasta la rodilla, dejando al descubierto su muslo. Se despertó de la anestesia, y su madre, contemplándola, lloraba desconsoladamente, repitiendo una y otra vez que no era justo. Lo único que quería su hija era jugar y no se merecía que nadie le quitase ese sueño. Lo que no entraba en sus planes es que irrumpiese en la habitación casi todo el club, con un ramo de flores y una camiseta dándole ánimos. Lo cierto es que era una chica muy valorada tanto en temas deportivos como fuera de la pista. El entrenador de dirigió directamente a ella y la abrazó. Un abrazo como el que se dieron en Galicia un año antes, en el último campeonato de España que habían disputado juntos. Mientras acompañaba a su hija a jugar una clasificación a un campeonato de España, le vino a la cabeza todo lo que ella había llegado a sufrir por un sueño. Al llegar al pabellón, lo único que le salió decirle fue : -¿Estas preparada pequeña? - Si mama, nerviosa, pero sé que puedo - Confía en ti, nuestro mayor rival somos nosotros mismos - Te quiero Subió a la grada, y con los ojos llorosos, recordó lo maravillosa que fue su juventud a pesar de todo. Y se emocionó al ver que su hija era su claro retrato…
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