Y yo nací de un mundo de ilusión y cariño..
Alegre, simpática, alta, con grandes ojos y bonita sonrisa, deportista y muy amiga de sus amigos... así me describe la gente que está conmigo diariamente, así describen a Sandra Jiménez.
Nací el 25 de noviembre del 1993, hoy a día 23 de noviembre del 2011 estoy a dos días de cumplir mi mayoría de edad, 18 años llenos de historias. Aunque parezca mentira, con 17 años que tengo ahora mismo, he vivido más que un propio adulto de más de 30.
Mis primeros años de vida, fueron duros, muy duros. Nací con problemas de respiración, mi madre dormía conmigo sentada porque si no me ahogaba. Cuántas noches habrá pasado en vela conmigo en brazos, en casa o en el hospital. Cuántos días se habrá ido a trabajar sin apenas haber dormido por haberme cuidado a mí. Supongo que nadie se llegará a imaginar lo mal que lo habrá pasado pensando que su hija se podía morir en cualquier momento, lo mal que lo pasó hasta que me operaron y las cosas empezaran a irme un poco mejor. Nací viendo el maltrato a mi madre y a partir de aquello me di cuenta de lo difícil que es ser madre. Por eso me propuse hacer todo lo posible para ser la mejor hija del mundo y así, facilitarle las cosas. Aún me acuerdo de la primera vez que vi a mi madre llorando de dolor, yo con tres miserables años, se me vino el mundo encima. Me dolía más a mí que a ella, que era a la que le habían golpeado. Lo primero que pensé fue: ¿cómo está pasando todo esto, si ellos se querían mucho?, ¿cómo una mujer con una sonrisa tan perfecta, como la de mi madre, podía estar llorando por un miserable cobarde?. Me acuerdo como si fuera ayer porque creo que fue la época en la que maduré, en la que con tres o cuatro años pensaba como una niña de diez o de once. En esos tiempos me parecía tan difícil que una familia se pudiera destruir, que por más que me pasaba noches y días llorando por todo lo sucedido aún no me entraba en la cabeza.
Entre al colegio, todo me parecía tan estúpido: los niños muy niños, y los profesores me trataban como uno más, sin saber que yo no necesitaba esa atención, que podía yo sola, o al menos eso creía, creía que la vida ya no tenía sentido porque mi padre y mi madre no estaban juntos. Pero, ¿cómo podía pensar eso con 10 años? Mi madre se dejó la piel para quitarme esa tontería de la cabeza, trabajando como trabajaba y haciendo todo el esfuerzo para sacarnos adelante, para sacar una casa y satisfacer los caprichos de su hija, para hacerme sonreír cuando lo necesitaba. Si, supongo que es el trabajo de todas las madres, pero estoy segura que ella lo hacía mejor que ninguna, ella es mejor que ninguna.
La verdad es que para ella nunca fue un esfuerzo o un sacrificio. Ella, siempre, cada día, cuando tenía tiempo o no, cuando la veía, o hablando por teléfono, me recordaba que lo hacía porque era la niña más guapa del mundo, y para ser la mejor tenía que sonreír. Aun así, la escuchaba llorar cada noche, y murmurar: no, a mi hija no, qué he hecho mal yo, Dios, para que le toque todo a ella. Y era en ese momento en el que no sabía cómo actuar, si entrar, y secarle las lágrimas, o llorar por sentirme la niña mas desgraciada del mundo. Pero siempre acababa haciendo lo mismo, entraba le secaba las lagrimas y le contaba todo lo que había hecho durante el día, aunque a mí me pareciera estúpido. Lo único que quería es que ella no se sintiera tan impotente, que viera que todo lo que hacía daba su fruto y era que yo era igual que los demás niños. Cuando acababa de explicarle todo lo que había hecho, le daba los buenas noches y le preguntaba si me acompañaba a la cama y me tapaba. Ella nunca se negaba, por muy cansada que estuviera, me acompañaba, me tapaba i se tumbaba a mi lado tocándome la cara y el pelo hasta que me durmiera. Más de un día me hacía la dormida, y notaba cómo caían sus lagrimas sobre mi mejilla, y escuchaba como decía: saldremos adelante mi niña, aunque me cueste la vida. Cuando me dormía, muchos días se quedaba a mi lado y se levantaba a las 5 para ir a trabajar, aunque otros se iba a su cama.
Sonaba el despertador de mi móvil a las siete. A las ocho entraba al cole y tenía 30 minutos para hacer mi cama, vestirme y calentar el vaso de leche que mi madre dejaba en el microondas cada día. Por la ropa no tenia problema, ella cada día me la dejaba preparada encima de mi escritorio junto con mi mochila. A las 7.30 cogía mis cosas y me iba al cole, ya que nosotras vivíamos en el Molí de la Torre, una urbanización de Cambrils, y el cole estaba en pleno centro. Llegaba siempre a menos 5, siempre iba por donde más gente pasaba, como decía mi madre, y cuando llegaba a la puerta le hacia una perdida y ponía el móvil en silencio.
En el cole no hacía nada de otro mundo. Por suerte empecé a entender que no todo era una mierda, sino que con esa edad tus amigos y tus estudios son una salida a todos los problemas. Sinceramente no me acuerdo de todos, y cada uno de ellos, pero de los que en esos momentos eran mis mejores amigos, me acuerdo clarísimamente. Me acuerdo de sus tonterías, de su carácter, de su sonrisa, incluso de las pataletas que les daban algún día. Es más, empecé a hacer lo que ahora me apasiona con uno de ellos, bueno, más bien gracias a uno de ellos: balonmano.
Gracias a ella, me presenté en el pabellón municipal de deportes de mi pueblo, en ese entonces Cambrils, y le dije a su entrenador que me gustaría probar. El primer día fue genial, yo venía del fútbol y no me sabía todas las reglas, pero realmente me encantó. Aquel día, me enseñaron a coordinar mi fuerza con el movimiento y la velocidad. Fue tan mágico... de un día para otro me di cuenta de que la vida da vueltas, y cuando menos te lo esperas hay una salida a todos tus problemas. Yo seguí jugando, pasaron los años y fui subiendo de categoría, fui adquiriendo nuevos conocimientos, empecé a mirar las cosas desde otro punto de vista, empecé a salir fuera de la ciudad a jugar, a conocer a niñas que luchaban por lo mismo que yo. Pero llegó el día en que tuve que cambiar de colegio, tenía que irme a la ESO, a la que todos los niños temíamos. Todas mis amigas iban a ir al mismo instituto, ellas lo tenían fácil tenían más puntos para entrar, bien porque eran familia numerosa, bien porque vivían cerca, pero claro, yo que vivía a 30 minutos del instituto y era hija única era muy complicado entrar.
En verano me asignaron instituto y era justamente al que no iba ninguna de mis amigas del colegio, era justamente el que todo el mundo decía que era de los peores institutos que había, y entonces me vine abajo, no sabía qué hacer, mi madre me quería internar en un colegio de pago para que yo estuviera bien. Ella, cómo no, siempre pensando en mi, dándole igual lo de su alrededor solo pensando en su hija y su felicidad.
Me costó tanto decidirme, me costó tanto decidir si ir a un colegio privado o a uno público, pero lo único que tenía claro era que no iba a permitir que mi madre se pegara el gran gasto de meterme en un colegio de pago. Por lo tanto el 15 de septiembre del 2008 allí estaba, en la puerta de aquel centro, donde no conocía a nadie y al cual tanto temía.
Empecé las clases , a conocer gente, a los profesores, a conocer el colegio, y no era nada comparado con todo lo que me decían, incluso puedo decir que era mucho mejor que todos los demás institutos, conocí a mas amigos, de los cuales ahora aun son mis mejores amigos. Aunque seguía haciendo balonmano por lo tanto aun seguía en contacto con alguno pero poco a poco te vas dando de que hay diferentes tipos de amigos.
Hay personas en nuestras vidas que nos hacen felices por la simple casualidad de haberse cruzado en nuestro camino. Algunas recorren el camino a nuestro lado, pero hay otras que apenas vemos entre paso y paso. A todas ellas, llamamos amigos y hay muchas clases de ellos... Algunos son sinceros, verdaderos. Saben cuándo estamos bien, lo que nos hace feliz... También hay aquellos amigos por un tiempo, los que acostumbran a colocar muchas sonrisas en nuestro rostro durante el tiempo que permanecemos cerca. Tampoco podemos olvidar a los amigos distantes, aquellos que están lejos y que cuando las cosas van mal, siempre aparecen. La vida pasa y perdemos algunos de ellos, pero otros permanecen aún ahí. Aunque lo que nos hace más felices es que los que se van, aún continúen cerca, haciéndonos recordar imborrables momentos. Simplemente, porque cada persona que pasa por nuestras vidas es única. Siempre dejaran un poco de sí y se llevarán un poco de nosotros. Habrá los que se llevarán mucho, pero no habrá de los que no nos dejarán nada... Esta fue la conclusión que saque de seis años en primaria, y cuatro de la secundaria. Pero bueno, salí de miles de situaciones complicadas... me llevé miles de sonrisas y lágrimas, miles de nombres por recordar, sin arrepentirme de ninguno, simplemente diferenciándolos entre amigos y conocidos. Salí de lesiones, de enfermedades y malos momentos, siempre con mi madre a mi lado. Y así millones de cosas negativas que creo que no hacen falta recordar.
Llego el momento de pegar el gran giro, de elegir entre balonmano, o tu vida normal, de elegir entre luchar por un sueño o hacer la vida normal de una niña de dieciséis años. Después de meses pensando, semanas llorando, y días sin ganas de nada, decidí apartarme de todo aquello que tenia, para ir a por más y mejor, decidí buscar nuevos horizontes. Y creo que ha sido la decisión mejor tomada. El 12 de septiembre, ingresé en la residencia de estudiantes, entré en el centro de tecnificación de balonmano de les Terres de lEbre. Dejando atrás muchos amigos... aunque sabía que los que eran amigos de verdad, les iba a dar igual la distancia, y así me han demostrado los que menos esperaba, que la distancia no puede con los sentimientos. Gracias a eso me he levantado muchos días y he seguido hacia adelante cuando pensaba que no podía más. Al principio me costó un poco coger el ritmo, eran muchas horas de entreno, mucha responsabilidad... pero lo afronté mejor de lo que pensaba. Echaba de menos a mi gente, sobre todo a mi madre, pero conmigo tenía seis niñas más, muy especiales, con las cuales compartí muchísimos momentos y cada uno de ellos, mágico e inolvidable....
Pasó el tiempo, nos cogimos confianza, la clase era genial, los entrenos iban cada vez mejor, hasta que llegó el momento en el que me propuse aspirar a más. Siempre soñé con jugar en un equipo grande, en una liga con gente de buen nivel, jugar en un equipo donde te tengas que ganar la posición, donde en cada partido y entreno te tienes que dejar la piel si quieres jugar. Y después de una mala racha, decidí cambiarme de club, jugar en el gran Amposta en el cual muchas niñas quisieran estar. Dudé mucho de si hacerlo o no, no por mí, sino por mis compañeras del Cambrils, las que me vieron y me ayudaron a crecer como jugadora y como persona. Pero bueno, siempre dicen que lo bueno se hace esperar y así fue, me cambié de equipo y me acogieron con cariño. La verdad es que no me costó mucho incorporarme, me entendía muy bien con todas, y además, tenía la suerte de que entrenaba cada día con ellas por lo que las conocía a la perfección y eso eran más puntos a mi favor. El primer partido lo jugué con unos nervios impresionantes, no sabía si las cosas me iban a salir bien o no y me daba mucho miedo no hacerlas como la gente no esperaba, pero en ese momento aprendí que no soy ni mejor ni peor que nadie, que simplemente soy yo, y en eso nadie me supera. El entrenador y mis compañeras tuvieron lógicamente mucho que ver en todo esto, porque me encantaba que con una sonrisa me transmitieran todos los ánimos del mundo, y me demostraran con una simple mirada que confiaban en mí. Dicen que lo pequeño es grande día a día y ellas me han confirmado esa teoría como nadie la podría haber confirmado jamás. Pasé entrenamientos, partidos y horas de viaje con ellas, momentos fantásticos que hacen de mí algo grande... hasta que se presentó una lesión.
Una molestia muy fuerte en las dos piernas, que hacía tiempo que ya notaba pero no quería decir, porque siempre pensé que las molestias son gafes del oficio. Pero con el tiempo no podía disimular que me moría del dolor con solo pisar el suelo, aunque las ganas de jugar podían con todo, con la molestia, con el mal rato, y con todo lo demás. Solo pensaba en que tenía que estar bien para poder jugar con mi equipo para poder entrenar, para poder seguir haciendo vida normal, para no defraudar a nadie. Y así fue, no me quejé de dolor hasta el momento en que mi propio cuerpo no pudo más, me caí, me plegué. Las piernas no me reaccionaban y en ese momento se me vino el mundo encima. Era una mezcla de impotencia, rabia, decepción y miedo que no me dejaba ser. Me sentía tan mal al ver que algo me estaba impidiendo luchar por lo que quería, me sentía tan tonta mirando sentada desde el banquillo todos los entrenos, todos los partidos, viendo cómo pasaban oportunidades de crecer, de mejorar como jugadora por delante de mis narices y yo sin poder hacer nada. Meses después, me confirmaron que tenia el Síndrome de Compartimento y la única solución es operar. Miedo, desesperación, muchas cosas se me pasaron por la cabeza en ese momento, y no pude contener las lágrimas, las ganas de que se acabara el mundo, me vine abajo como hacía tiempo no lo hacía. Pero me encantó hacerlo, tanta gente que no esperaba estuvo a mi lado, incluso gente que me pensaba que no estaría jamás, estaba. Fueron mi gran respaldo, fueron los pilares para poder afrontar, hacerme la idea de que me tenía que operar porque si no, no podría hacer vida normal. Ahora, a tan solo semanas de la operación, ya no lloro, sólo me vengo abajo cuando lo pienso, cuando pienso que me esperan cuatro horas de quirófano, cuando pienso en las cicatrices que me van a quedar marcadas, pero me consuela saber que todo esfuerzo tiene su recompensa, y que dentro de un año, o quizás menos, volveré a estar en pista, igual o mejor que antes, porque nunca es demasiado tarde, para volver a empezar, porque si, después de la tormenta sale el sol y si no sale, yo lo provocaré, no me voy a dar por vencida, voy a hacerlo por mí, por mi madre, y por la gente que ha creído en mi desde un principio. Porque yo nací de una gran ilusión, de una madre que hizo también su camino y que poco a poco dejó que me equivocara, para que yo encontrara el mío, y las oportunidades no son producto de la casualidad, más bien son resultado del trabajo. Vida solo hay una, y está para disfrutarla.
Nací el 25 de noviembre del 1993, hoy a día 23 de noviembre del 2011 estoy a dos días de cumplir mi mayoría de edad, 18 años llenos de historias. Aunque parezca mentira, con 17 años que tengo ahora mismo, he vivido más que un propio adulto de más de 30.
Mis primeros años de vida, fueron duros, muy duros. Nací con problemas de respiración, mi madre dormía conmigo sentada porque si no me ahogaba. Cuántas noches habrá pasado en vela conmigo en brazos, en casa o en el hospital. Cuántos días se habrá ido a trabajar sin apenas haber dormido por haberme cuidado a mí. Supongo que nadie se llegará a imaginar lo mal que lo habrá pasado pensando que su hija se podía morir en cualquier momento, lo mal que lo pasó hasta que me operaron y las cosas empezaran a irme un poco mejor. Nací viendo el maltrato a mi madre y a partir de aquello me di cuenta de lo difícil que es ser madre. Por eso me propuse hacer todo lo posible para ser la mejor hija del mundo y así, facilitarle las cosas. Aún me acuerdo de la primera vez que vi a mi madre llorando de dolor, yo con tres miserables años, se me vino el mundo encima. Me dolía más a mí que a ella, que era a la que le habían golpeado. Lo primero que pensé fue: ¿cómo está pasando todo esto, si ellos se querían mucho?, ¿cómo una mujer con una sonrisa tan perfecta, como la de mi madre, podía estar llorando por un miserable cobarde?. Me acuerdo como si fuera ayer porque creo que fue la época en la que maduré, en la que con tres o cuatro años pensaba como una niña de diez o de once. En esos tiempos me parecía tan difícil que una familia se pudiera destruir, que por más que me pasaba noches y días llorando por todo lo sucedido aún no me entraba en la cabeza.
Entre al colegio, todo me parecía tan estúpido: los niños muy niños, y los profesores me trataban como uno más, sin saber que yo no necesitaba esa atención, que podía yo sola, o al menos eso creía, creía que la vida ya no tenía sentido porque mi padre y mi madre no estaban juntos. Pero, ¿cómo podía pensar eso con 10 años? Mi madre se dejó la piel para quitarme esa tontería de la cabeza, trabajando como trabajaba y haciendo todo el esfuerzo para sacarnos adelante, para sacar una casa y satisfacer los caprichos de su hija, para hacerme sonreír cuando lo necesitaba. Si, supongo que es el trabajo de todas las madres, pero estoy segura que ella lo hacía mejor que ninguna, ella es mejor que ninguna.
La verdad es que para ella nunca fue un esfuerzo o un sacrificio. Ella, siempre, cada día, cuando tenía tiempo o no, cuando la veía, o hablando por teléfono, me recordaba que lo hacía porque era la niña más guapa del mundo, y para ser la mejor tenía que sonreír. Aun así, la escuchaba llorar cada noche, y murmurar: no, a mi hija no, qué he hecho mal yo, Dios, para que le toque todo a ella. Y era en ese momento en el que no sabía cómo actuar, si entrar, y secarle las lágrimas, o llorar por sentirme la niña mas desgraciada del mundo. Pero siempre acababa haciendo lo mismo, entraba le secaba las lagrimas y le contaba todo lo que había hecho durante el día, aunque a mí me pareciera estúpido. Lo único que quería es que ella no se sintiera tan impotente, que viera que todo lo que hacía daba su fruto y era que yo era igual que los demás niños. Cuando acababa de explicarle todo lo que había hecho, le daba los buenas noches y le preguntaba si me acompañaba a la cama y me tapaba. Ella nunca se negaba, por muy cansada que estuviera, me acompañaba, me tapaba i se tumbaba a mi lado tocándome la cara y el pelo hasta que me durmiera. Más de un día me hacía la dormida, y notaba cómo caían sus lagrimas sobre mi mejilla, y escuchaba como decía: saldremos adelante mi niña, aunque me cueste la vida. Cuando me dormía, muchos días se quedaba a mi lado y se levantaba a las 5 para ir a trabajar, aunque otros se iba a su cama.
Sonaba el despertador de mi móvil a las siete. A las ocho entraba al cole y tenía 30 minutos para hacer mi cama, vestirme y calentar el vaso de leche que mi madre dejaba en el microondas cada día. Por la ropa no tenia problema, ella cada día me la dejaba preparada encima de mi escritorio junto con mi mochila. A las 7.30 cogía mis cosas y me iba al cole, ya que nosotras vivíamos en el Molí de la Torre, una urbanización de Cambrils, y el cole estaba en pleno centro. Llegaba siempre a menos 5, siempre iba por donde más gente pasaba, como decía mi madre, y cuando llegaba a la puerta le hacia una perdida y ponía el móvil en silencio.
En el cole no hacía nada de otro mundo. Por suerte empecé a entender que no todo era una mierda, sino que con esa edad tus amigos y tus estudios son una salida a todos los problemas. Sinceramente no me acuerdo de todos, y cada uno de ellos, pero de los que en esos momentos eran mis mejores amigos, me acuerdo clarísimamente. Me acuerdo de sus tonterías, de su carácter, de su sonrisa, incluso de las pataletas que les daban algún día. Es más, empecé a hacer lo que ahora me apasiona con uno de ellos, bueno, más bien gracias a uno de ellos: balonmano.
Gracias a ella, me presenté en el pabellón municipal de deportes de mi pueblo, en ese entonces Cambrils, y le dije a su entrenador que me gustaría probar. El primer día fue genial, yo venía del fútbol y no me sabía todas las reglas, pero realmente me encantó. Aquel día, me enseñaron a coordinar mi fuerza con el movimiento y la velocidad. Fue tan mágico... de un día para otro me di cuenta de que la vida da vueltas, y cuando menos te lo esperas hay una salida a todos tus problemas. Yo seguí jugando, pasaron los años y fui subiendo de categoría, fui adquiriendo nuevos conocimientos, empecé a mirar las cosas desde otro punto de vista, empecé a salir fuera de la ciudad a jugar, a conocer a niñas que luchaban por lo mismo que yo. Pero llegó el día en que tuve que cambiar de colegio, tenía que irme a la ESO, a la que todos los niños temíamos. Todas mis amigas iban a ir al mismo instituto, ellas lo tenían fácil tenían más puntos para entrar, bien porque eran familia numerosa, bien porque vivían cerca, pero claro, yo que vivía a 30 minutos del instituto y era hija única era muy complicado entrar.
En verano me asignaron instituto y era justamente al que no iba ninguna de mis amigas del colegio, era justamente el que todo el mundo decía que era de los peores institutos que había, y entonces me vine abajo, no sabía qué hacer, mi madre me quería internar en un colegio de pago para que yo estuviera bien. Ella, cómo no, siempre pensando en mi, dándole igual lo de su alrededor solo pensando en su hija y su felicidad.
Me costó tanto decidirme, me costó tanto decidir si ir a un colegio privado o a uno público, pero lo único que tenía claro era que no iba a permitir que mi madre se pegara el gran gasto de meterme en un colegio de pago. Por lo tanto el 15 de septiembre del 2008 allí estaba, en la puerta de aquel centro, donde no conocía a nadie y al cual tanto temía.
Empecé las clases , a conocer gente, a los profesores, a conocer el colegio, y no era nada comparado con todo lo que me decían, incluso puedo decir que era mucho mejor que todos los demás institutos, conocí a mas amigos, de los cuales ahora aun son mis mejores amigos. Aunque seguía haciendo balonmano por lo tanto aun seguía en contacto con alguno pero poco a poco te vas dando de que hay diferentes tipos de amigos.
Hay personas en nuestras vidas que nos hacen felices por la simple casualidad de haberse cruzado en nuestro camino. Algunas recorren el camino a nuestro lado, pero hay otras que apenas vemos entre paso y paso. A todas ellas, llamamos amigos y hay muchas clases de ellos... Algunos son sinceros, verdaderos. Saben cuándo estamos bien, lo que nos hace feliz... También hay aquellos amigos por un tiempo, los que acostumbran a colocar muchas sonrisas en nuestro rostro durante el tiempo que permanecemos cerca. Tampoco podemos olvidar a los amigos distantes, aquellos que están lejos y que cuando las cosas van mal, siempre aparecen. La vida pasa y perdemos algunos de ellos, pero otros permanecen aún ahí. Aunque lo que nos hace más felices es que los que se van, aún continúen cerca, haciéndonos recordar imborrables momentos. Simplemente, porque cada persona que pasa por nuestras vidas es única. Siempre dejaran un poco de sí y se llevarán un poco de nosotros. Habrá los que se llevarán mucho, pero no habrá de los que no nos dejarán nada... Esta fue la conclusión que saque de seis años en primaria, y cuatro de la secundaria. Pero bueno, salí de miles de situaciones complicadas... me llevé miles de sonrisas y lágrimas, miles de nombres por recordar, sin arrepentirme de ninguno, simplemente diferenciándolos entre amigos y conocidos. Salí de lesiones, de enfermedades y malos momentos, siempre con mi madre a mi lado. Y así millones de cosas negativas que creo que no hacen falta recordar.
Llego el momento de pegar el gran giro, de elegir entre balonmano, o tu vida normal, de elegir entre luchar por un sueño o hacer la vida normal de una niña de dieciséis años. Después de meses pensando, semanas llorando, y días sin ganas de nada, decidí apartarme de todo aquello que tenia, para ir a por más y mejor, decidí buscar nuevos horizontes. Y creo que ha sido la decisión mejor tomada. El 12 de septiembre, ingresé en la residencia de estudiantes, entré en el centro de tecnificación de balonmano de les Terres de lEbre. Dejando atrás muchos amigos... aunque sabía que los que eran amigos de verdad, les iba a dar igual la distancia, y así me han demostrado los que menos esperaba, que la distancia no puede con los sentimientos. Gracias a eso me he levantado muchos días y he seguido hacia adelante cuando pensaba que no podía más. Al principio me costó un poco coger el ritmo, eran muchas horas de entreno, mucha responsabilidad... pero lo afronté mejor de lo que pensaba. Echaba de menos a mi gente, sobre todo a mi madre, pero conmigo tenía seis niñas más, muy especiales, con las cuales compartí muchísimos momentos y cada uno de ellos, mágico e inolvidable....
Pasó el tiempo, nos cogimos confianza, la clase era genial, los entrenos iban cada vez mejor, hasta que llegó el momento en el que me propuse aspirar a más. Siempre soñé con jugar en un equipo grande, en una liga con gente de buen nivel, jugar en un equipo donde te tengas que ganar la posición, donde en cada partido y entreno te tienes que dejar la piel si quieres jugar. Y después de una mala racha, decidí cambiarme de club, jugar en el gran Amposta en el cual muchas niñas quisieran estar. Dudé mucho de si hacerlo o no, no por mí, sino por mis compañeras del Cambrils, las que me vieron y me ayudaron a crecer como jugadora y como persona. Pero bueno, siempre dicen que lo bueno se hace esperar y así fue, me cambié de equipo y me acogieron con cariño. La verdad es que no me costó mucho incorporarme, me entendía muy bien con todas, y además, tenía la suerte de que entrenaba cada día con ellas por lo que las conocía a la perfección y eso eran más puntos a mi favor. El primer partido lo jugué con unos nervios impresionantes, no sabía si las cosas me iban a salir bien o no y me daba mucho miedo no hacerlas como la gente no esperaba, pero en ese momento aprendí que no soy ni mejor ni peor que nadie, que simplemente soy yo, y en eso nadie me supera. El entrenador y mis compañeras tuvieron lógicamente mucho que ver en todo esto, porque me encantaba que con una sonrisa me transmitieran todos los ánimos del mundo, y me demostraran con una simple mirada que confiaban en mí. Dicen que lo pequeño es grande día a día y ellas me han confirmado esa teoría como nadie la podría haber confirmado jamás. Pasé entrenamientos, partidos y horas de viaje con ellas, momentos fantásticos que hacen de mí algo grande... hasta que se presentó una lesión.
Una molestia muy fuerte en las dos piernas, que hacía tiempo que ya notaba pero no quería decir, porque siempre pensé que las molestias son gafes del oficio. Pero con el tiempo no podía disimular que me moría del dolor con solo pisar el suelo, aunque las ganas de jugar podían con todo, con la molestia, con el mal rato, y con todo lo demás. Solo pensaba en que tenía que estar bien para poder jugar con mi equipo para poder entrenar, para poder seguir haciendo vida normal, para no defraudar a nadie. Y así fue, no me quejé de dolor hasta el momento en que mi propio cuerpo no pudo más, me caí, me plegué. Las piernas no me reaccionaban y en ese momento se me vino el mundo encima. Era una mezcla de impotencia, rabia, decepción y miedo que no me dejaba ser. Me sentía tan mal al ver que algo me estaba impidiendo luchar por lo que quería, me sentía tan tonta mirando sentada desde el banquillo todos los entrenos, todos los partidos, viendo cómo pasaban oportunidades de crecer, de mejorar como jugadora por delante de mis narices y yo sin poder hacer nada. Meses después, me confirmaron que tenia el Síndrome de Compartimento y la única solución es operar. Miedo, desesperación, muchas cosas se me pasaron por la cabeza en ese momento, y no pude contener las lágrimas, las ganas de que se acabara el mundo, me vine abajo como hacía tiempo no lo hacía. Pero me encantó hacerlo, tanta gente que no esperaba estuvo a mi lado, incluso gente que me pensaba que no estaría jamás, estaba. Fueron mi gran respaldo, fueron los pilares para poder afrontar, hacerme la idea de que me tenía que operar porque si no, no podría hacer vida normal. Ahora, a tan solo semanas de la operación, ya no lloro, sólo me vengo abajo cuando lo pienso, cuando pienso que me esperan cuatro horas de quirófano, cuando pienso en las cicatrices que me van a quedar marcadas, pero me consuela saber que todo esfuerzo tiene su recompensa, y que dentro de un año, o quizás menos, volveré a estar en pista, igual o mejor que antes, porque nunca es demasiado tarde, para volver a empezar, porque si, después de la tormenta sale el sol y si no sale, yo lo provocaré, no me voy a dar por vencida, voy a hacerlo por mí, por mi madre, y por la gente que ha creído en mi desde un principio. Porque yo nací de una gran ilusión, de una madre que hizo también su camino y que poco a poco dejó que me equivocara, para que yo encontrara el mío, y las oportunidades no son producto de la casualidad, más bien son resultado del trabajo. Vida solo hay una, y está para disfrutarla.
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